viernes, 27 de mayo de 2011

एल लिरिओ amarillo


El Amarillo

La tradición cristiana asoció este color con el del azufre de los infiernos y le dio una significación peyorativa convirtiéndolo en imagen del orgullo, de la falsedad y la traición. Es además el símbolo del adulterio. En la Edad Media, los herejes y los apestados vestían de amarillo. Las ciudades donde se había declarado una epidemia estaban obligadas a indicarlo con una bandera amarilla.

En los orígenes del sseñalalismo revolucionario, se denominó amarillo al sseñalalismo de inspiración patronal que traiciona la noción de lucha de clases y la prensa amarilla es aquella que deforma los hechos con fines espurios.

jueves, 5 de noviembre de 2009

la viudita


LA VIUDITA
Se dice que simplemente, la viudita así en forma simple y sin afijos que añadan o quiten magnitud, calidad y aprecio del sujeto o para decirlo más adecuadamente la sujeta, acá decimos la viudita, no ciertamente con la intención de empequeñecerla o rebajarla, sino como expresión de que pese A todo nos cae simpática y por la razón nos place nombrarla en diminutivo.
Para explicar lo que es, o más bien dicho lo que fue pues hace tiempo dejo de mostrarse, conviene manifestar que no era, acá entre nosotros, el horizonte, pavoroso y fatal de otras partes. Temido, así, pero solo de parte masculina , y entre a esta únicamente de cierta y determinada casta : la de los tunantes de mala fe porque los hay de reparo de conciencia.
Dizque aparecía por acá por allá, siempre sola, a paso ligero y sutil y no antes de media noche, vestía de negro riguroso, falda negras y a la moda antigua pero talle ajustado en el busto, como para que resalten las prominencias pectorales, llevaba en la cabeza un mantón cuyo embozo le cubría la frente y aquello que podría ser oreja y carrillo.
Nadie le vio jamás la cara cuando encontraba con varón de los comprendidos en su campo de acción y el tal no resistía a sus encantos, ella aceptaba que la acompañase y aun le permitía ciertas liberalidades táctiles. Pero si el apetente le buscaba el rostro en la obscuridad se oponía al intento con rápidos movimientos de cabeza o extendiendo los pliegues del mantón.
Hubiera o no de ir adelante era ella y no él quien señalaba el rumbo con solo dar dirección a los pasos , la despacio nada marcha concluía invariablemente en las afueras de lo entonces poblados, y había parajes por los que, al parecer, tenia predilección: las soledades del tao el islario de la pampa del lazareto la poza de las antas y la cerraron de las riberas del rio Nuevo.
Llevado allí el pescador y presunto conquistador, la viudita se revelaba en su verdadera esencia y actuaba según sus miradas, nada de horrores, desde luego y nada de atrocidades fantasmales, simplemente que el quídam, en estado de alucinación, creyendo ser introducido en acogedoras estancias, lo era en rincones precisamente contrario, empujado por la viudita que seguidamente desaparecía sin dejar rastro.
Cuando ya en las vecindades del día el mal venturado recuperaba el conocimiento, ahí estaba la punzante pringosa e ignominiosa realidad, lo que había visto como suntuosa sala no era sino envejecida ramazón llena de espinas si es que no matorral de pica picas con frisas y cenefas de garabatas, si sobre mullidos colchones y bajo sedeños cobertores había creído acostarse, se encontraba tirado en un barrial y entre aguas no por cierto perfumadas ¡ah, condenada viudita!
Menos mal que aparte de la aprobisa ( pero aleccionadora) ningún otro le había inferido.

Bibliografía
Hernando Sanabria Librería editorial “juventud” La paz Bolivia (1996)
Tradiciones leyendas y casos de santa cruz de la sierra

El bibisi en Motacu



BIBOSI EN MOTACU

Uno de los más curiosos y pintorescos casos de simbiosis vegetal que se presentan en nuestra tierra es la del árbol llamado bibosi y la palmera motacú.
Tan estrechamente se enredan uno con otros y de tal modo viven unidos, que entre las gentes simples y de sencillo pensar se da como ejemplo vivo de enlace pasional. Una vieja copla del acervo popular lo expresa galantemente:
El amor que me taladra
Necesita jetapú;
Viviremos, si te cuadra,
Cual bibosi en motacú.
Quienes saben más acerca de ello señalan de que la palmera es el sustento y la base de la unión, pese a su condición femenina, y el árbol es el que se arrima a ella en procura del mantenimiento y firmeza, no obstante su ser masculino. En siendo verídica la especie, y la observación del conjunto da a pensar que lo es, habría en ello material suficiente para especulaciones de orden social y hasta moral si se quiere.
Dando el sugestivo asunto otro cariz y tratando de explicarlo por el lado de lo poético-afectivo, el poeta don Plácido Molina Mostajo cantó:
El membrudo bibosi que a la palma por entero rodea con tal solicitud, que al fin la ahoga: celoso enamorado prefiriera antes que en otros brazos a su amada, entre los propios contemplarla muerta.
Es, precisamente, lo que dice la leyenda sobre la peregrina unión del árbol corpulento y la grácil palmera.
Dizque por los tiempos de Maricastaña y del tatarabuelo Juan Fuerte, vivía en cierto paraje de la campiña un jayán de recia complexión y donosa estampa. Amaba el tal con la impetuosidad y la vehemencia de los veinte años a una mocita de su mismo pago, con quien había entrado en relaciones a partir de un jovial y placentero “acabo de molienda”.
La mocita era delgaducha y de poca alzada, pero bonita, eso sí, y con mas dulzura que un jarro de miel.
No tenía el galán permiso de los padres de ella para hacer las visitas de “cortejo” formal, por no conceptuarle digno de la aceptación. Pero los enamorados se veían fuera de casa en cualquier vera de senderos o bajo el cobijo de las arboledas.
Entre tanto los celosos padres habían elegido por su cuenta, como futuro yerno, a otro varón que reunía para serlo las condiciones necesarias.
Un buen día de esos notificaron a la hija con la decisión inquebrantable y la inesperada novedad de que al día siguiente habrían de marchar al pueblo vecino para los efectos de la boda.
La última cita con el galán vino esa misma noche. No había otra alternativa que darse el adiós para siempre. El tomó a ella en los brazos y apretó y apretó cuanto daban sus vigorosas fuerzas… “Antes que ver en otros brazos a la amada, entre los suyos contemplarla muerta”.
Referían en el campo los ancianos, y singularmente las ancianas, que el primer bibosi en motacú apareció en el sitio mismo de la última cita de aquel enamorado

sábado, 31 de octubre de 2009

El guajojo



EL GUAJOJO

Erase que se era una joven india tan bella como graciosa, hija del cacique de cierta tribu que moraba en un claro de la selva. Amaba y era amada de un mozo de la misma tribu, apuesto y valiente, pero acaso más tierno de corazón de lo que cumple a un guerrero.
Al enterarse de aquellos amores el viejo cacique, que era a la vez consumado hechicero, no hallando al mozo merecedor de su hija, resolvió acabar con el romance del modo más fácil y expedito. Llamó al amante y valido de sus artes mágicas le condujo a la espesura, en donde le dio alevosa muerte.
Tras de experimentar la prolongada ausencia del amado, la indiecita cayó en las sospechas y fue en su búsqueda selva adentro. Al volver a casa con la dolorosa evidencia, increpo al padre entre sollozo y sollozo, amenazándole con dar aviso a la gente del crimen cometido.
El viejo hechicero la transformo al instante en ave nocturna, para que nadie supiera lo ocurrido. Pero la voz de la infortunada paso a la garganta del ave y a través de esta siguió en el inacabable lamento por la muerte del amado.
Tal es lo que referían los comarcanos sobre el origen del guajojó y su flébil canto de las noches selváticas.

Bibliografía
Hernando Sanabria Librería editorial “juventud” La paz Bolivia (1996)
Tradiciones leyendas y casos de santa cruz de la sierra

el carreton de la otra vida


EL CARRETON DE LA OTRA VIDA


En las noches cerradas y sobre todo en la de “sur y chilchi”, se dejaba oír de pronto en lo soledoso de la campiña un agudo chirriar de ejes y un fuerte restallar de látigo, que hacían crispar los nervios de las buenas gentes y entrar en natural espanto. Mayores eran la turbación y el temor cuando tales ruidos eran percibidos en campo raso y el cuitado descabezaba un sueño en la pascana, junto a su jato carretero y sus bueyes. Rechino y trallazo se escuchaban entonces con más fuerza y como si el ente y el artefacto que los producían caminasen por cerca y estuvieran a punto de pasar por delante de la pascana.
Alguna vez se alcanzaron a percibir las voces del lúgubre carretero que instaba a las yuntas, y era su tono gangoso, aflautado, hipante, como no es capaz de modular ninguna garganta humana.
Si al rasgar el cielo un relámpago el campo se iluminaba súbitamente y el cuitado viajero tenía tiempo y valor para echar un vistazo, la figura del carretón fantasma se escorzaba apenas, como hecha con líneas ondulantes e imprecisas.
Aunque visión campera por excelencia, no falto vez en que se mostro en la propia ciudad, bien que a la parte de afuera y precisamente en la calle, entonces apartado y de cierto callejón, que pasa por delante del cementerio. Más de un trasnochador y parrandero acertó a columbrarlo, cuando entre crujidos y estridores discurría con dirección al lazareto.
Pero cierta noche de perros en que las sombras se apelmazaban y aullaba el viento, un prójimo dio de manos a boca en la aparición. Salía de una casa vecina, después de haber corrido en ella largas horas de diversión copiosamente regada. Los vapores etílicos que le ocupaban la azotea le habían puesto en la condición de bravo entre los bravos y capaz de enfrentarse con cualquier peligro.
Al ver el carretón deslizarse sobre el arenoso suelo de la calle se lanzo hacia él, resuelto a saber cómo era. Lo supo al instante, de una sola ojeada. Pero de carretón ¡ay! Solo tenía la traza. Las estacas estaban constituidas por tibias y peronés de esqueleto y en lugar de teleras asomaban costillas descarnadas. Del carretero solo se veía la cara, si tal puede llamarse a una horrenda calavera, dentro de las cuyas cuencas vacías algo brillaba y centellaba como las brazas de un horno.
Ante la contemplación de semejante horrideces, el hombre sintió que la tranca se le iba de un salto. Y no pudiendo mas con lo que tenía por delante, echó a correr despavorido. Y gracias a Dios que llegó con bien a casa.


Bibliografía
Hernando Sanabria Librería editorial “juventud” La paz Bolivia (1996)
Tradiciones leyendas y casos de santa cruz de la sierra

jueves, 29 de octubre de 2009

el mojon con cara



EL MOJON CON CARA

Hasta medianos del siglo XVIII la calle hoy denominada republiquetas era de las mas apartadas y menos concurridas de vecindario que había en esta ciudad. Las viviendas edificadas sobre ambas aceras no seguía unas tras otras sino con la breve separación de solares vacios separadas de la vía publica por cercos de cuchi o follaje de lavaplatos.
Hacia a la primera cuadra con frente a la acera norte de dicha vivía por aquella época una moza en el flor de la edad bonita y graciosa y llena de todo atractivo. Su madre la mimaba y cuidaba más que a la niña de sus ojos, reservándola en mente para quien la mereciera por el lado de los bienes de fortuna, la buena posición y la edad del sereno juicio.
Pero sucedió que la niña puso los ojos y luego el corazón en un mozo que, aparte la buena estampa y los desenvueltos además, nada mas tenia a la vista, cuando la celosa mama se hubo dado cuenta de que el fulano rondaba a su joven viviente, redoblo la vigilancia sobre esta al extremo de no dejarla salir un paso. Pero el galán resalto tan enamorado como paciente y tan firme como tenas en conseguir el logro de sus ansiedades amorosas desde por la mañana hasta por la noche, ahí se estaba en la esquina plantado y enhiesto, a la espera de que la amada asome al corredor o siquiera a la puerta para con ella algún tiroteo de miradas o recibir la dulce rociada sonrisa.
Por aquellos felices tiempos del rey en habían en todas las esquinas recios troncos de cuchi, a ras de las aceras para proteger las casas de los encontrones de un carretón o servir de señal para la línea de los edificados se les daba corrientemente el nombre de mojones.
La mama de la chica
, oscilando entre el celo y el recelo, apenas veía allí al quedan despechado su mal humor con esa frase:¡ ya está ahí ese mojón con cara ¡ ignorando del mote con que la pregunta suegra quería burlarse de su constancia y firmeza, el enamorado en sus largas esperas, dio en la práctica de distraerse con el mojón, mudo compañero de sus expectativas . con el filoso trazo que llevaba al cinto , como todos los galanes de su tiempo y condición empezó a labrar el duro palo, con mirar de darle en la parte superior la forma de su cabeza humana, como disponía de sobrado tiempo hizo en ello cuanto pudo.
Una madrugada de esas, advirtió la mama con el natural sobresalto, que la niña había desaparecido de la cas creyendo hallarla en palique con el aborrecido, corrió a la esquina, pero la mimosa no estaba allí ni en la otra , ni en las demás esquinas ni parte alguna de la ciudad paloma con ansias de volar, había alzado el vuelo con el palomo la noche anterior. Pero queda el en la esquina el mojón con cara que la paciente mano del galán había tallado en sus horas de amante espera.
Junto con la tradición, el verdadero mojón con cara se conservo en la esquina de republiquita y René Moreno hasta 1947.
Bibliografía
Hernando Sanabria Librería editorial “juventud” La paz Bolivia (1996)
Tradiciones leyendas y casos de santa cruz de la sierra

lunes, 14 de septiembre de 2009

empesando a conocer las leyendas tradicionales

aqui usted conocera las leyendas tradiciomales de santa de la sierra bolivia